¿El Verdadero Quién?

09.04 2017
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¿El Verdadero Quién?

“Conocemos la verdad, no sólo por razón pero también por el corazón.” – Blaise Pascal

En español, una persona se identifica con la frase, “Me llamo...”, literalmente algo como, “el nombre que uso para identificarme es...” "Me llamo Alejandro, me llamo Laura, me llamo Frank, Lulu, Paulo, Janine..." Esto siempre me ha parecido un poco gracioso – como si la persona no quisiera comprometerse completamente a lo que el nombre podría evocar (¿Xiomara? ¿Tránsito? ¿Margarito?), o como si quisiera decir, “Bueno, me llamo José, pero realmente me veo más como un Ronaldo..."

Durante milenios, una de las preguntas básicas en las que los buscadores espirituales y cualquier otro hijo de vecino se han reflexionado ha sido, “¿Quién soy yo?” Estamos muy versados en nuestras genealogías y orígenes culturales y geográficos, y trayectorias educacionales y profesionales, pero en los momentos silenciosos de reflexión, o alternativamente de crisis, suele pasar que damos poca importancia a estos datos y nos preguntamos, “Pero, quién soy yo... realmente?”

Curiosamente, a pesar de haber vivido con nosotros mismos toda la vida, frecuentemente parecemos los expertos menos fiables, porque somos los más miopes de los observadores. Si preguntamos a nuestra gente más cercana, seguro encontraremos una gran variedad de percepciones – muchas contradictorias y algunas que realmente nos sorprenden. Muchas veces nos damos cuenta de que los demás nos ven como mucho más agradables, consumados, atractivos, inteligentes y encantadores que nos vemos a nostros mismos. ¡Tontos! ¡Aduladores! ¡Mamás y abuelitas!

Al tratar de contestar la pregunta de Quién para nosotros mismos, tendemos a enfocarnos primeramente en lo negativo: Lo físico: “Soy demasiado gordo, flaco, chaparrito, alto, moreno, pálido, blahblahblah.” Lo mental – “No soy suficientemente inteligente, intelectual, técnicamente capaz, consumado profesionalmente, blahblahblah.” Lo emocional – “Soy enojón, impaciente, débil, inseguro, sensible, no suficientemente sensible, blahblahblah.” Y después, tratando de proporcionar un poco de ecuanimidad a esta fracturada imagen nuestra, esparcimos unos cuantos detalles halagüeños: “Supongo que tengo una sonrisa bonita; la gente dice que soy gracioso; tengo empatía para los demás; es cierto que soy muy detallista...” Sin embargo, todavía sigue un difuso, o a veces profundo, sentido de ser dañados, incompletos e insatisfechos.

Nuestros maestros espirituales y otros guías nos aconsejan que la vida es sufrimiento (acostúmbrate, pues) y proponen koans enredados y otras prácticas desafiantes para ayudarnos a pasar el tiempo en el camino al autoconocimiento y la aceptación. Nos dicen que seamos más conscientes, agradecidos, que hagamos trabajo social, terápia, meditemos más, tal vez que le demos una oportunidad a la vipassana. Y obedecemos, tratando de repararnos a través de la autorrevelación y esperando en secreto que nos pareceremos energéticamente -- aunque sea un poquito -- al Dalai Lama o Pema Chödrön. Pensamos que si vencemos esa larga lista de negativos – si bajamos/subimos de peso, tragamos puñados de suplementos para agudizar el cerebro, y respiramos largamente y profundamente antes de responder a nuestra pareja, madre o hijo - pronto entraremos como una medusa al salado mar del sereno autoconocimiento y contentamiento.

Equivocado. El rumor es que cuando descubrimos nuestro “verdadero ser”, lo que descubrimos es el simple hecho de que todos somos seres magníficos cuyo único objetivo es estar en paz y en profundo amor con nosotros mismos, los otros humanos y el planeta que habitamos. Estamos aquí para ser felices y disfrutar. Es así de sencillo. Como cualquier persona que haya transitado por este sinuoso camino de autoconocimiento probablemente pueda jurar, usualmente no funciona así... o por lo menos no durante la primera década... o tres. Porque los humanos no son construidos así. Tenemos trabajos y jefes difíciles, presiones económicas y ambientes políticos aterradores, relaciones difíciles, hijos hechos zombis por las redes sociales, padres con Alzheimer's y cáncer convirtiéndose en nuestra segunda tanda de hijos, nuestros propios problemas de salud. Los días en los que todos estos planetas se chocan al mismo tiempo, puede ser un poco difícil recordar, y aún más sentir instintivamente, que en realidad somos unos brillantes, resplandecientes caleidoscopios de buenas vibras, emanando puro amor.

Como parte de mi meditación matutina, siempre pido que “hoy viva como mi verdadero ser, y no un fruto de miedo, inseguridad, culpabilidad y vergüenza.” Puede ser que después pase todo el día acosada por miedo, inseguridad, culpabilidad y vergüenza. ¿Entonces es ese mi verdadero ser? Sí. Bueno, de alguna manera. Sí lo es en los días que he cargado ese programa y no me lo puedo quitar. Ese programa serpentino que hunde mi corazón y atenúa mi luz. Pero también es mi verdadero ser los días que me despierto creyendo que soy una resplandeciente bola de amor y luz. Porque nuestros verdaderos seres son todas esas cosas.

Lo que he llegado a creer es que la definición del “verdadero ser” de un ser humano consciente se distingue de su Verdadero Ser en el otro ámbito. Encontrar el Verdadero Ser de sí mismo en esta vida sí es posible (véase el Dalai Lama, Pema Chödrön), pero para la mayoría de nosotros, quizá no muy probable. Creer que lograrlo es posible en nuestro mundo actual puede ser contraproducente y dificultar nuestro esfuerzo por disfrutar la vida aquí y ahora. Recuerdo a un maestro de meditación que me comentaba fervientemente, “¡Alguien del grupo tiene que despertarse [espiritualmente]!” Parecía que no le importaba si fuera él u otro miembro del grupo, pero parecía importarle mucho que alguien lo lograra. ¿Estrés espiritual? Eso no puede ser bueno.

A lo mejor todo esto suena pesimista. Al contrario. El pensar que no tenemos ningún control, que estamos atascados en nuestras vidas y somos víctimas pasivas lanzadas acá y allá por el capricho del Universo, también es contraproducente. A pesar de la dualidad de que mi verdadero ser es tipo Darth Vader un día y tipo luz resplandeciente otro día, lo que es esencial es qué tanto permito que me defina cada uno de estos “seres”. Creo que quien elijo ser al final en mi autopercepción determinará en gran parte la riqueza de mi vida y cómo impacto a los demás y al mundo físico también.

La mayor parte del tiempo puedo aceptar vivir con la dualidad de mis varios seres. Pero lo que he notado es que recientemente la escala de mi vida cotidiana se está inclinando más hacia el lado de la luz resplandeciente. A veces me pregunto (y otros me han insinuado suavemente) si vivo en un mundo de fantasía. Al principio la noción me puso un poco a la defensiva. Pero al reflexionar, decidí, “Bueno, por qué no... y qué?” Cuando primero comprendí completamente que sólo depende de mí definir e inhabitar mi verdadero ser me maravilló por completo. Cuando entendí que las opiniones de los demás sobre mí y mi verdadero ser no eran mi negocio, me dejó estupefacta. Y después encantada. Me dio un gran sentido de libertad y también aumentó mi compasión por mi misma y por los demás, lo cual en sí considero un gran éxito en la vida. De la compasión nace el agradecimiento, la paz y un placer profundo – aún si sólo de a poquito en los días tipo Darth Vader.

Sin embargo, no manifiesto parecerme al Lama o Pema de ninguna manera. Tampoco quisiera hacerlo, porque eso sería apropriarme de su resplandor. Y a mi me gusta el mío. Lo que sí creo es que mi verdadero ser es bondadosa y amorosa como los suyos y eso me consuela y me permite aceptar los tiempos duros. Estoy muy agradecida por este ser mío y continuaré tratando de alimentarlo y cultivarlo sin ningún sentido de urgencia o juicio. Mundo de fantasía o no, ¿a quién le importa? ¡¿A quién le importa?! Quienquiera que seas, es tu mundo. Entonces crea tu verdadero ser como te de la gana. Namaste.

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