Acuérdate de Mí

05.05 2017
Foto: Laura Chenillo Alazraki
Acuérdate de Mí

Este artículo fue publicado (en inglés) recientemente en el marvilloso NAMAH, the Journal of Integral Health (http://www.namahjournal.com/)Por favor checa su gran rango de artículos y perspectivos sobre el cuerpo, la mente y el espíritu. 

Topándose con la pared

Cuando el estrés y la lucha cotidiana nos pegan duro, frecuentemente nos sentimos sin aliento, exprimidos, desesperados. A veces llegamos a nuestro límite simplemente por el agotamiento físico, una crisis de la salud, la carrera o una relación, las necesidades de algún familiar, o la oscura sombra de la depresión que ha llegado de nuevo. Tan doloroso o extremo como eso puede ser, es a veces la única manera de calmarnos otra vez, aunque sea sólo para atender los deberes más básicos – despertarse, bañarse, comer, trabajar, pagar las cuentas, dormir. Cuando ese frenesí empieza a calmarse, a veces vemos que los espacios entre los pensamientos empiezan a extenderse, ya que no están tan apiñados con las prioridades mentales de segundo y tercer término como acostumbramos.

Yéndose adentro

Con suerte, algunos pensamientos que han estado muy hundidos empiezan a surgir en esos espacios. Pueden parecer nuevos, pero más bien hay algo que parece familiar de ellos. Sentimos que han estado escondidos en algún rincón remoto de la memoria, bien dormidos mientras nos hemos dedicado diligentemente a estar ocupados. Pensamientos como, “¿Esta vida mía, tal como es, me hace sentir bien?” “Mis relaciones personales estimulan un sentido de afinidad emocional, intelectual y espiritual, o las mantengo sólo por inseguridad y dependencia?” “¿Realmente quiero dedicar mi vida al trabajo que tengo?” “¿Por qué siento tanto desprecio, y tan poca compasión, por mí mismo cuando lucho tanto por lograr mis sueños?” Son pensamientos aterradores y desconcertantes. Con razón tratamos de suprimirlos, ahogarlos con nuestros miles de deberes cotidianos. Pero...

La elección de no ver

¿Por qué? ¿Por qué nos sentimos obligados a llenar el espacio con el ruido blanco en vez de enfrentar el espectáculo en tecnicolor de nuestra existencia? Cuando sabemos que continuar a ignorarlo no hace nada para aliviar nuestro desconcierto y dolor. ¿Por qué fingimos la ignorancia cuando, si estamos quietos y honestos por unos momentos, podemos ver, sentir, conocer, o por lo menos tener una noción de lo que realmente queremos y quienes somos? ¿Por qué elegimos olvidarnos?

Llenando el espacio

Llenamos el espacio, en parte, porque la vida pasa demasiado rápido, e instintivamente tratamos de seguir el ritmo, jadeando y sudando todo el tiempo. Llenamos el espacio cumpliendo nuestras responsibilidades hacia los demás, lo cual inevitablemente toma prioridad sobre nuestras responsibilidades hacia nosotros mismos, alejándonos más de nuestro mundo interno. Llenamos el espacio debido a la abundancia, el privilegio y el lujo (relativo, por supuesto), los cuales insidiosamente nos dan aún más opciones para llenar el espacio. Llenamos el espacio porque nuestro planeta está lleno al tope de seres humanos y el ataque de energía cinética en sí nos mantiene en una sobremarcha del sistema autonómico. La cacofonía física y mental que nos acosa constantemente dificulta pensar claramente y nos impide dedicarnos a honrar nuestra auténtica naturaleza. Por último, y tal vez lo más triste, llenamos el espacio para huir del miedo.

Alimentando el miedo

El miedo es una de nuestras piedras de toque, y una que está atizada por la tecnología. El umbral de lo que constituye “las necesidades básicas” sube constantamente poco a poco impulsado por las insinuaciones y mandatos de las redes sociales que se enfocan en nuestras vulnerabilidades psicológicas, sociales y emocionales. El subtexto de la mayoría de la publicidad (y la mayoría de los posts en las redes sociales) es: “Esta imagen fabricada de la perfección es a lo que debes aspirar, aunque todo el mundo sabe que no estás a la altura y nunca lo alcanzarás.

En el ambiente actual, donde la mayoría de nosotros estamos acostumbrados a pensar en términos de escasez, esto se dirige a nuestros miedos más profundos como un misil teledirigido: “No estoy a la altura. Tengo debilidades. La gente pensará que soy estúpido. Se reirán de mí. Me rechazarán mis amigos, mi familia, mis colegas. Estaré solo. Me moriré.” Es un misterio que después de tantas décadas de ser manipulados por las redes sociales, todos sabemos cómo funciona el juego, pero todavía nos engancha. Una y otra vez nos engañamos con los mismos mensajes subliminales confirmando nuestros miedos y baja autoestima. Esta fiebre, combinada con el constante asalto sensorial cotidiano, genera y sostiene una energía colectiva social caracterizada por el estrés postraumático, paranoia y fatiga crónica.

Rompiendo el ciclo

Entonces, ¿Cómo podemos romper el ciclo, convertirnos en defensores radicales de nosotros mismos que nos hemos vuelto tan agotados y marginados? ¿Cómo podemos recordarnos que somos seres hermosos, talentosos, amorosos y dignos? ¿Cómo podemos apoyarnos mutuamente en nuestras alegrías y tristezas, en lugar de competir el uno con el otro por una vida envidiable pero ilusoria? ¿Y cómo podemos recordar todo esto no sólo por un momento, pero vivir con esta mentalidad compasiva todos los días?

Empieza con detenerse. Si detenerse provoca una alarma interna o algo menos voluntario, no importa. Lo que es importante es detenerse completamente. Esto crea un sentido instintivo y real de cambio. Un período de silencio debe de venir después. Un espacio que es suficientemente amplio para abarcar la inquietud inicial y el deseo de huirse de ese mundo abrumador en que vivimos. Ese mundo, doloroso a su manera, también es tentador en virtud de su propia y cómoda familiaridad y hay que poner una distancia entre él y uno mismo.

Una mente abierta

Una mente abierta y consciente es fundamental para que este período de tiempo dé frutos. La meditación es una manera favorable, pero no es el único camino. Mucha gente, ya resuelta a llegar a un resultado negativo, me ha dicho, “No soy bueno para la meditación. No puedo mantener mi mente en blanco.” Es una declaración que pide mucha discusión, pero por el momento regreso al punto de una mente abierta y consciente. Esto simplemente quiere decir estar abierto a lo que pasa durante ese tiempo de quietud – en el cuerpo y en los pensamientos – aún si parece obsesión interminable en un pequeño detalle. Estar consciente de esa obsesión y observarla como haríamos con un insecto arrastrándose inocentamente por el alféizar de la ventana es todo lo que pide nuestro ser interno.

Nuestra tendencia es criticarnos por nuestra supuesta debilidad o imperfección en estos incipientes esfuerzos de autoinvestigación. Esto sólo reafirma nuestro sentido de insuficiencia y mantiene los patrones destructivos. Pero la práctica genera el progreso. Al hacer el esfuerzo por volver a la consciencia cada vez que nos desviamos, cultivamos una poderosa herramienta: la elección. La consciencia nos permite elegir el destino de cada pensamiento, aunque finalmente lo aceptemos como la verdad, lo rechacemos como falso, o decidamos dejarlo en un estado de indecisión por el momento.

Aún si elegimos algo que realmente no es para nuestro bien, estar consciente de la decisión que tomamos en el momento que lo tomamos nos abre la posibilidad de tratarnos con auto-compasión. Cuando podemos mirar al circo desde una buena distancia, nos convertimos en meros espectadores, observando desde fuera con una empatía imparcial. Frecuentemente, de todo esto surge la compasión, ablandando nuestro duro auto juicio e intolerancia, y dejando que brote nuestro verdadero ser. Cuando practicamos de una manera diligente y bondadosa, es inevitable que la consciencia empiece a desarrollarse dentro del mundo descontrolado de la vida cotidiana. Se convierte en una herramienta de superación en lugar de todos las otras sustancias adictivas o hábitos que usamos para llenar el vacío. Con tiempo y dedicación, nos encontramos dentro del mismo bombardeo sensorial, pero sin ser complice de él.

No estámos solos

Este nuevo sentido de desapego no debería ser entendido como si estuviéramos solos en el asunto. El saber que todos nosotros experimentamos los mismos miedos y ansiedades ayuda mucho a suavizar el sentido de vergüenza e inquietud. Cuando podemos imaginar que estamos rodeados por multitudes de solidaridad, esto hace mucho por reforzar nuestra determinación de seguir adelante. Acercándonos más a nuestro verdadero ser implica separar la pura esencia de quienes somos de la totalidad de todos los hábitos, patrones mentales y creencias aprendidas que restringen nuestro crecimiento. Esto se logra al encontrar el valor de enfrentar el miedo, la imperfección, el dolor, la fealdad, la vergüenza y culpabilidad, en lugar de huirse de un resultado aterrador imaginado. Puede parecer imposible encontrar el valor en el propósito de enfrentar el miedo. Pero en este caso, el valor simplemente quiere decir ser dispuesto y humilde. La inclinación por explorar un poder más grande que nosotros mortales con el fin de enfrentar las sombras opresivas que agotan nuestros espíritus y atenúan nuestra luz. El valor es: “Estoy dispuesto. Por favor, apoyeme y guíeme.”

Luchando por la imperfección

La última cosa a considerar es la relación que tenemos con nuestro “auténtico ser”. El esperar que este ser sea perfecto, etéreo y espiritual, flotando invulnerable por el mundo no es el propósito. El objetivo es vivir como seres humanos de carne y hueso dentro del caos y cacofonía de la actualidad pero mantener una paz interna, un sentido del humor y un equilibrio. Nuestros verdaderos seres no son seres perfectos, ni pretenden serlos. Son nuestras mejores versiones de nosotros mismos, los nosotros con quienes nos sentimos felices, amados, cariñosos, saludables, abiertos, creativos, seguros, benévolos, curiosos, energéticos e inspirados. Y cuando no sentimos ninguna de esas cosas, aún podemos sentir una profunda compasión y empatía para todos los seres imperfectos – nosotros y los demás – en este mundo extraordinariamente imperfecto.

 

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